Aquel día se despedió de él convencida de que nunca más volvería a esa casa y que nunca más volvería a verle.
Por la noche, mientras él dormía a pierna suelta ella no había parado de darle vueltas a su situación y decidió que debía acabar con ello. Sin embargo, no pensaba decirle nada a él, no merecía ni una despedida.
De este modo se fue, con una sensación agridulce al saber que sería la última vez.
Al llegar a su casa se dió cuenta de que le faltaba su anillo. Se lo debía haber dejado en casa de él. Si hubiera sido un anillo cualquiera lo hubiera dado por perdido pero estaba cargado de recuerdos, era de alguien a quien quiso mucho y que la quiso mucho y no podía deshacerse de él.
Le llamó y él le confirmó que el anillo estaba en la mesilla de noche. Quedó el pasarse a recogerlo al día siguiente.
Cuando volvió a esa casa, la determinación que la acompañaba el otro día desapareció por completo y volvió a caer en sus redes, en sus halagos, en sus besos y caricias.
Cuatro años después él todavía ignora que ella, una vez, le dejó.