Día tras día le veía en el tren.
Ambos lo esperaban en la misma zona del andén y subían al mismo vagón.
A
ella él le gustó desde el primer momento. No era nada por nada en concreto, en realidad él era todo lo opuesto a su prototipo y sin embargo, le gustaba.
Todos los días se le comía con la mirada e imaginaba sobre él las cosas que no podía deducir, inventándose así un
hombre ideal en la figura de aquel
desconocido.
Él, a pesar de las persistentes miradas de ella, ignoraba su existencia. Durante tres meses no dirigió su
mirada hacia ella.
Pasados esos tres meses pasó algo que lo cambió todo. Despreocupadamente él se sentó junto a ella. Ella mantuvo la calma en apariencia, porque por dentro era todo nervios. Trataba de no mirarle de reojo, no moverse ni hacer nada que pudiera delatar su nerviosismo.
Cuando menos lo esperaba él se dirigió a ella y le preguntó si el libro que llevaba le estaba gustando. Ella le dijo que sí y él le comentó que era uno de sus favoritos.
A partir de ese día se sentaron siempre
juntos y comenzaron una amistad que terminó en noviazgo.
Ella nunca le dijo que llevaba meses observándole, enamorada sin conocerle.
Él nunca le dijo que era aquel niño callado y torpe al que rompió el
corazón en el colegio a los nueve años, antes de cambiar de ciudad. Nunca le dijo que durante todos estos años conservó su foto y que en cuanto volvió a su ciudad lo primero que hizo fue buscarla. Nunca le diría que cogía ese tren solo por coincidir con ella. Y nunca le diría que prefirió esperar a que ella diera el primer paso para tener la
certeza de que ella también le escogiera, como él la escogió a ella hace ya tantos años.